Yussuf Al y Mohamed Aqsa: dos mexicanos en la prisión de Abu Gharib.

Arcadio Lázaro, originario de Actopan, Veracruz, decidió como tantos otros mexicanos poner a prueba a la diosa fortuna, tentar al destino y emprender el camino hacia el norte en busca de un mejor presente y un mejor futuro; tenía diecinueve años cuando partió a Matamoros, en un tour organizado por un pollero de lujo que reclutaba a los migrantes en sus comunidades, y por dieciocho mil pesos, mitad por adelantado y mitad una vez del otro lado e instalados en su nuevo trabajo, les garantizaba el éxito de la aventura: si no los cruzo no me pagan, cuantas veces nos regresen nos volvemos a cruzar, y las noches que haya que quedarse en la frontera, el hotel y los gastos corren por mi cuenta. Arcadio no dudó en entregar el dinero que obtuvo con la venta de su terreno, y no se arrepintió pues hacía mucho que la piña, el limón y el chayote habían dejado de ser negocio, las maquiladoras de ropa que hacía algunos años se habían instalado en la región habían cerrado, y por otro lado, lo animaba el hecho de que las tres cuartas partes de los hombres del pueblo estaban ya en los Estados Unidos; todos habían cruzado la frontera sin mayores problemas, y la mayoría lo habían hecho con el pollero a quien él había confiado ya la mitad de sus haberes.

Natividad Seco, originario de Tenenacingo, Estado de México, era conocido por todos sus parientes, amigos y vecinos como Chico, desde cuarto de primaria cuando con su metro ochenta y cinco rebasó incluso al director de la escuela. El apodo derivó, por la obvia razón de su apellido, en Chico Seco, pero a pesar de las posibles derivaciones alburísticas que tal combinación evocaba, su tamaño y complexión evitaron que prácticamente nadie osara jamás dejarlas viajar más allá del privado ámbito de sus pensamientos. Chico, malo para la escuela y pobre como todos sus compañeros y vecinos, optó por llevar una doble vida: policía judicial, por las mañanas y tardes, y asaltante y secuestrador por las noches, aunque ni él ni sus compañeros respetaban mucho la sutil división que separaba ambas actividades. Luego de varios años de desempeñar exitosamente ambas funciones, los Tigres del Norte de Chalco, como los llegaron a conocer en la región en donde operaban, cometieron un grave error: secuestraron a la hija de un ex comandante de la Dirección Federal de Seguridad, mano derecha de Miguel Nassar Haro, hoy en desgracia, pero entonces investigador privado y en pleno uso de sus influencias y recursos. El papá de la muchacha, auxiliado por Nassar, los cazó uno por uno, y el único que logró escapar fue Chico, que cruzando a pié por el desierto de Arizona logró llegar sano y salvo a Phoenix, Arizona.

Arcadio Lázaro llegó a Los Ángeles, en donde se instaló, y encontró su primer trabajo en la cocina del restaurante árabe Cus-Cus Maroc. Fue en ese restaurante donde conoció a Aliyah, una chica negra que hablaba español, con quien se mudó a unos meses de iniciar su relación. Aliyah, al igual que dos de sus hermanos y su padre, había abrazado la fe musulmana y militaba en el movimiento fundado por Malcolm X, la Nación del Islam. Arcadio no tardó mucho en convertirse a la fe de su mujer, en parte por seguirle la corriente, y en parte seducido por el fuerte sentimiento de pertenencia y unidad que caracterizaba al grupo de gente que ellos frecuentaban. Para los anglos con los que tenía contacto por su trabajo, Arcadio pasó a ser Arcady, para su mujer y sus compañeros de la Nación del Islam era Yussuf Al, pero para los amigos y paisanos mexicanos con quienes se juntaba los domingos a jugar futbol nunca tuvo otro nombre que con el que fue bautizado. Fue en uno de los encuentros futbolísticos, y no en el templo curiosamente, en donde Arcadio conoció al personaje que cambiaría su vida; Juan Tzub, chiapaneco y también musulmán, y soldado de Alá e integrante de las redes clandestinas de Al Qaeda en el estado de California. Esto último, desde luego no lo sabía el veracruzano, y contento de haber conocido al único paisano que compartía su fe en el profeta Mohamed, comenzó a frecuentarlo y a pasar cada vez más tiempo con él.

En unos meses, Chico se ganó la fama de mejor cargador de reses en canal estado de Arizona pero, aunque la paga no era mala, en poco tiempo el trabajo le aburrió. Pensó en revivir los viejos tiempos, pero la industria del secuestro no florece en el vecino país del norte en donde el porcentaje de impunidad delictiva no es del 98% como en el nuestro. Convencido de que el pasado tendría que quedarse en el pasado, pero con necesidad urgente de acción, aventuras y adrenalina, Chico decidió enrolarse en el ejército de los Estados Unidos, en donde, por increíble que parezca no les importa si el nuevo recluta es o no es residente legal en el país, mientras esté dispuesto a ir a arriesgar el pellejo a otros países. Chico lo estaba; se alistó en el US Army, fue entrenado en Fort Bragg, y al final de su entrenamiento fue asignado a la fuerza especial conocida como Delta Force. En el cuartel vivió los atentados a las torres gemelas, y recién graduado fue enviado a Afganistán, en donde contribuyó con su granito de arena y varias decenas de Talibanes muertos a la guerra contra el terrorismo.

Arcadio y Juan Tzub, o Yussuf Al y Mohamed Aqsa se volvieron inseparables. El indio chiapaneco, con el tiempo, la cercanía, y la ventaja que le daba el de entrada compartir credo con su amigo mexicano, lo reclutó a él, a la esposa y a su familia para la causa de Osama Bin Laden; Arcadio, ahora sí con conocimiento de causa, pasó a formar parte de la organización terrorista que pronto cambiaría el destino del mundo y su destino personal. Yussuf Al se entrenó como piloto aviador en Florida, pero finalmente, por razones que nadie, ni él mismo conoció jamás, voló el día de los atentados con rumbo a Pakistán, un par de horas antes de que algunos de sus correligionarios, a ninguno de los cuales conoció nunca, volaran con rumbo al World Trade Center de Nueva York.

Chico encontró la felicidad en Kabul; pudo dar cauce a sus más bajos instintos, y por su temeridad y eficiencia al apretar el gatillo de su rifle de asalto ganó tantas condecoraciones que no le cabían en su inmenso pecho. Cuando comenzó la invasión a Irak, fue de los primeros en ser trasladados a la zona de combate, y luego de aportar lo suyo a la segunda parte de la guerra contra el terror, fue de los primeros en entrar triunfante a Bagdad.

Arcadio Yussuf llegó a Pakistán, y fue trasladado a Palestina por gente de la organización; ahí recibió entrenamiento, terminó de consolidar su fe islámica que se expandió a la absoluta adhesión a la causa árabe, aprendió a odiar a Israel y los judíos, y una vez terminada la invasión de Irak trasladó para allá junto con futuros hombres bomba integrantes de las brigadas Al Aqsa, combatientes de Al Qaeda y voluntarios de cuantos países árabes puede uno encontrar en el mapa. Ahí, combatió al infiel hasta el día que fue capturado por soldados norteamericanos y trasladado a la temible prisión de Abu Garib.

Chico y Arcadio se encontraron en esa prisión. Uno, con una bolsa negra en la cabeza, escuchaba los interminables insultos en español que acompañaban a las frecuentes golpizas que le propinaban. El otro, se sorprendió hasta el sobresalto cuando el terrorista árabe le respondió con una andanada de insultos del mismo calibre que los suyos, y en el mismo idioma. Chico y Arcadio se pueden ver en dos de las fotografías que han sido publicadas por el Washington Post y que han la vuelta al mundo.