| Aventuras de dos ilegales en Japón, primera parte
Dicen que los viajes ilustran, y el viaje que estábamos a punto de hacer resultó enormemente ilustrativo. Hace más de una década, estábamos en la sala de nuestro apartamento, descansando, cuando fuimos arrancados de los brazos del sofá por una sorpresiva, muy sorpresiva llamada telefónica; Carmelita (me reservaré los nombres auténticos para no herir posibles susceptibilidades), una amiga de mi esposa, que hacía meses se había ido a vivir a Japón, nos llamaba desde el puerto de Kobe; nos contó que llevaba algunos meses trabajando en un restaurante mexicano, y quería saber si estaríamos interesados en hacer lo mismo, pues los dueños del restaurante tenían planeado ampliarlo y también darle un toque más auténtico, con música, artesanías, comida y personal cien por ciento nacionales. Nos ofrecían pagarnos el boleto de avión, un departamento amueblado y un buen sueldo, y probar tres meses si nos gustaba el trabajo. Debido a que, en aquellos tiempos ninguno de los dos tenía un buen sueldo, nadie nos pagaba el departamento y nadie nos pagaba tampoco ningún boleto de avión hacia ninguna parte, decidimos aceptar la atractiva oferta, que por si fuera poco nos daría la oportunidad de viajar a Japón, un país que yo siempre había deseado conocer. Cargados con todas las cosas que nos pidieron los dueños del restaurante por medio de Carmelita, que nos hablaba diario para checar todos los detalles de nuestra partida y añadir nuevos encargos, finalmente salimos para Tokio. Llevábamos una colección muy decente de música vernácula, que iba desde Vicente Fernández hasta Piporro, pasando por Luis Pérez Meza y Lucha Villa, algunos kilos de harina de maíz que más adelante nos meterían en problemas en la aduana japonesa, y dos trajes folklóricos, uno de charro y uno de china poblana, confeccionados en el mercado de La lagunilla, y que supuestamente iban a decorar las paredes del restaurante. Luego de muchas y largas horas de viaje llegamos al Aeropuerto Internacional de Narita, en Tokio, en donde conectamos con nuestro vuelo a Kobe. Ahí, enfrentamos a un par de agentes aduanales nipones que, por un lado estaban convencidos que todos los mexicanos son narcotraficantes, y por otro que los paquetes de harina de maíz que llevábamos eran algún tipo de estupefaciente; ante el impasse en el que nos encontrábamos, pues ni ellos hablaban inglés ni nosotros una palabra de japonés, el Doctor Zeus, compañero sentimental de Carmelita, llegó a nuestro rescate, y arregló todo con los guardias que, sin haber acabado de entender qué cosa son las tortillas, nos dejaron libres y nos dieron permiso de permanecer tres meses en territorio japonés. La historia del Doctor Zeus y Carmelita es muy peculiar y vale la pena contarla, aunque sea muy brevemente. Carmelita, de poco más de veinte años, siempre interesada en el Japón, lo japonés y los japoneses, se lió con su instructor de artes marciales, que tan solo le llevaba entre cinco y seis décadas de edad. El escándalo en la entonces pequeña comunidad japonesa en México fue mayúsculo, y por esa razón los tórtolos decidieron emigrar a Japón, en donde Zeus san tenía amistades y contactos que los podrían ayudar a empezar su nueva vida. Y así fue como Carmelita entró a trabajar en el mencionado restaurante mexicano, propiedad de uno de los numerosos amigos de su novio. En ese entonces, principios de la década de los 90, la diferencia entre Japón y México era abismal. Legar a Japón era como haber aterrizado en otro planeta, o como haber tomado la máquina del tiempo y viajar al futuro: todo era ultra moderno, las carreteras tenían tres pisos, había máquinas por todos lados que vendían todo tipo de productos desconocidos, y sobre todo, no entendíamos absolutamente nada de nada. El Doctor Zeus nos llevó a cenar a una pequeña taberna en un estrecho callejón de Kobe, en donde comenzó nuestro idilio con la auténtica comida japonesa, que dura hasta hoy. Después de varias docenas de sushis, debidamente acompañados de algunos vasos de sake y cerveza Saporo, Zeus san nos condujo hasta nuestro nuevo departamento, minúsculo pero acogedor, que contaba con una mini cocinita, un bañito más pequeño que el del avión, con una tinita en donde difícilmente podría darme un baño de asiento, y un cuarto que haría las veces de sala, comedor, recámara, estudio y cuarto de televisión. Luego de explicarnos que la estación de metro estaba a una cuadra y de decirnos a dónde tendríamos que ir la mañana siguiente, Zeus san nos dejó para que durmiéramos un poco, cosa que resultó imposible, pues para nuestros relojes biológicos hechos en México no pasaba de las tres o cuatro de la tarde. Muy temprano, decidimos salir a explorar, en busca de algún lugar para desayunar. Como no vimos ningún Vips, Sanborns o Dennys cerca, optamos por el único lugar que estaba abierto a esas horas y que, remotamente, por las mesas y sillas parecía ser una cafetería o un restaurante, aunque por la limpieza absoluta, la luz de neón y la austeridad en la decoración podría haber sido también un hospital. Luego de sentarnos, una chica muy amable nos entregó la carta, cosa que no nos sirvió de mucho, pues el menú estaba en japonés, no tenía más que una fotografía, la muchacha no hablaba una sola palabra de inglés, nunca había escuchado de los huevos rancheros, los chilaquiles, los frijoles, la salsa de chile y las tortillas, y ni siquiera conocía los waffles o los hot cakes que son más internacionales que nuestros platillos autóctonos. Después de agotar todos nuestros recursos de comunicación no verbal, optamos por el platillo retratado en la solitaria fotografía de la carta, mismo que resultó ser una especie de desayuno continental nipón y que constaba de plato de arroz al vapor, sopa caliente de Misoshiro, rebanadas de pescado y algas marinas, que devoramos con más resignación que entusiasmo. Ingerido el cual, salimos en busca de la estación de metro; en la entrada, nos topamos con una máquina enorme, llena de letreros y lucecitas de colores, de donde, al parecer, tendríamos que obtener nuestros boletos. No sabíamos cuanto costaba un viaje, ni cuál de las catorce opciones que aparecían en la pantalla era la que nos correspondía, ni qué pasaría si comprábamos el boleto equivocado, ni había a quien preguntarle nada. Finalmente, luego de batallar durante varios minutos tratando de descifrar los dibujitos, decidimos insertar algunas monedas en la ranura, y apretar unos botoncitos verdes en donde se veían claramente las formas de dos seres humanos, uno vestido con pantalón y otra vestida con falda, y que retrataban con asombrosa precisión nuestra situación existencial. Con sendos boletos en mano, nos tardamos otro rato en encontrar el lugar en el que deberíamos insertarlos; al cruzar las puertas que se abrieron ante nosotros, sonaron todas las alarmas de la estación, y segundos después llegaron corriendo varios guardias, todos pequeños y mucho menos amarillos que nosotros en esos momentos. Ahí fue donde descubrimos que, a pesar de que muy pocos japoneses hablan inglés y lo hacen muy mal, son extraordinariamente amables, generosos y siempre dispuestos a ayudar a un visitante extranjero en problemas. Y nuestros problemas apenas empezaban...
Perdidos en Kobe. Aventuras de dos ilegales en Japón, segunda parte
Muy a la japonesa, empezamos a trabajar tan solo unas horas después de llegar al puerto de Kobe. El viaje en tren hacia el restaurante que nos había contratado sin conocernos fue un poco traumático pues, luego de la odisea en que se convirtió comprar dos boletos (por las barreras tanto idiomáticas como tecnológicas), también fue bastante difícil saber en qué estación teníamos que bajarnos. En cualquier país occidental, o más bien, en cualquier país con el que compartamos el alfabeto esto sería una tarea sencilla, pero en el Kobe de 1990 los nombres de las estaciones solo estaban en ideogramas japoneses, y no tenían ni siquiera un dibujito que nos ayudara a identificarlas. A mí me gustan mucho los idiomas y, modestia aparte, soy bastante bueno para aprenderlos, así que antes de llegar a Japón, alardeaba diciendo que en tres meses sabría suficiente japonés para poder leer un periódico y conversar con la gente. Mi ánimo y determinación menguaron, sin embargo, cuando me enteré que para poder leer el Diario Asahi Shinbum o un libro de manga (historietas japonesas que se venden más que el libro vaquero), hay que aprender la friolera de dos mil o más ideogramas llamados kanjis, y que los niños japoneses se la pasan toda la primaria y la secundaria aprendiendo a leer. De alguna manera logramos bajarnos en la estación correcta (en esa ocasión; en otras no corrimos con tanta suerte, sino que más bien recorrimos algunas decenas de kilómetros extra por no saber que el letrerito al frente del tren decía “Expreso a Osaka”) y ascendimos hacia el vestíbulo de un Hotel modernísimo, en cuyo primer piso estaba el mencionado restaurante mexicano cuyo nombre he olvidado por completo. Carmelita, la amiga que nos invitó a ir a trabajar con ella, nos esperaba ahí para presentarnos a nuestros nuevos jefes, mismos que nos recibieron con austera amabilidad y de inmediato procedieron a explicarnos, para nuestra sorpresa que se tornó en alarma y después en pánico, en qué consistiría nuestro trabajo: Carmelita, que ahí nos venimos a enterar tenía como afición moldear la verdad hasta dejarla irreconocible, les había contado que tanto mi esposa como yo éramos un par de consumados artistas folclóricos, deseosos de compartir con el ávido público japonés nuestro talento para el canto y el baile vernáculo. La expresión de nuestros rostros debe de haber alarmado a nuestra amiga, quien para tranquilizarnos nos dijo, en español, que si bien había exagerado un poquitín al hablar de nosotros, siendo que ya estábamos ahí, bien podíamos hacer un esfuerzo y crear una coreografía que seguramente convencería a un público nunca antes expuesto al jarabe tapatío o al son de la negra. Nosotros, abrumados por el cambio de horario y la situación inesperada, aceptamos vestir los atuendos de charro y china poblana que, de acuerdo a lo que nos habían dicho engalanarían las paredes, y representar con dignidad a la patria. Aterrados y con mucho sueño, regresamos al departamento a tratar de descansar, pues nuestro horario de trabajo sería de las ocho de la noche a las dos o tres de la mañana y apenas pasaban de las diez am. Kobe, puerto japonés que años después sería destruido parcialmente por un terremoto, es una ciudad muy bonita, modernísima, y en ese entonces poco visitada por los occidentales. Además del departamento en que vivíamos, nuestras prestaciones laborales consistían en un par de bicicletas nuevecitas, con canastilla y lámpara nocturna que funcionaba con tracción animal (o sea, nosotros), y que resultaron clave para conocer la ciudad de cabo a rabo. Huelga decir que uno podía andar en bicicleta por todos lados y que los manejadores eran absolutamente respetuosos de peatones y ciclistas por igual. En nuestra primera noche de trabajo, aprendimos que en Japón, entrar a trabajar a las ocho de la noche no quiere decir llegar a las ocho y cuarto y empezar a chambear al cuarto para las nueve, sino llegar a las siete y media y estar en el puesto de trabajo a las ocho en punto. Una vez captada la idea, claramente presentada por Tanaka san, nuestro jefe inmediato, nos ataviamos con las coloridas vestimentas y, como no sabíamos hacer nada más y el espectáculo estaba apenas en proceso, nos instalaron en la puerta del restaurante para recibir a los azorados clientes con una impecable bienvenida japonesa: Irasahimasé para usted señor, Irashaimasé para usted, señora, pásele, pásele. Y vaya que pasaban. Noche a noche, hombres y mujeres, jóvenes y de mediana edad, abarrotaban el restaurante y sus dos bares, uno de los cuales daba a un salón de juegos muy bien montado, con un increíble hipódromo en miniatura con caballitos que le daban la vuelta a la pista, y mil y un máquinas de juegos de video. La comida “mexicana” que servía el restaurante llamaba la atención de los clientes, a quienes les resultaba tan exótica como a nosotros, que nunca habíamos oído hablar de platillos tales como las papas al curry, o las tortillas dobladas en cuadritos y bañadas de queso kraft, y se la empujaban con curiosidad, osadía y generosas porciones de wai-lu-do-to-ky (Wild Turkey, pronunciado a la japonesa), y otras bebidas espirituosas, todas occidentales. Los clientes frecuentes compraban la botella completa de su bebida favorita, y cada noche, cuando regresaban a sus hogares listos para dormir tres horas y volverse a ir a trabajar todo el día, se les medían los centímetros de líquido restante, que se les reponían con toda exactitud en su próxima visita. Nosotros, aliviados por la amabilidad de los clientes y por su afición a empinar el codo, empezamos a trabajar por las mañanas en nuestra coreografía, y luego de algunos días de tratar de recrear lo que recordábamos de bailables de la primaria, finalmente hicimos nuestro debut y logramos, además de trascender el miedo al ridículo para siempre, un nutrido aplauso de la concurrencia, y la aprobación de nuestros patrones y compañeros de trabajo. El cambio de horario causaba estragos en nuestros organismos, y el sistema más afectado era el digestivo. El exceso de arroz y el cambio de dieta en general había reducido nuestras visitas al baño a un nivel tan bajo, que decidimos en cambio visitar una farmacia con todo lo que eso implicaba. ¿Cómo explicarle a alguien con quien no puede uno entenderse más que a señas, que está uno severamente extreñido y que necesita urgentemente un laxante? Nosotros lo intentamos con vehemencia, y después de algunos minutos logramos que el encargado de la farmacia buscara algo en un libro y que, contento por poder ayudarnos, nos diera una cajita con píldoras. Felices y aliviados salimos del establecimiento; unos cuantos metros después fuimos alcanzados por la misma persona, que ahora con cara de espanto nos explicó con expresiones en japonés que de algún modo logramos captar y elocuentes señas universalmente entendibles, que nos había entendido mal, y que nos había dado una medicina para curar la diarrea, y ahí en plena calle nos la cambió por el anhelado laxativo. Esa noche, cansado, constipado y con sueño, aderecé los bailables con muy mexicanos gritos en español: ¡Chinguen a su madre todos!¡Pinches japoneses cabrones jijos de la chingada!, que nadie entendió afortunadamente. La noche siguiente, antes del show, conocimos en la barra a un señor que había vivido en México varios años, que hablaba no solo perfecto español sino impecable mexicano, y que se autodenominaba “el pendejo de las palabras”. Huelga decir que mi enjundioso zapateado nunca volvió a ser acompañado por mis gritos de batalla.
Perdidos en Kobe, tercera y última parte El restaurante dizque mexicano en el que trabajábamos mi esposa y yo en calidad de charrito y china poblana en Kobe, Japón, era atendido por un grupo más o menos numeroso de jóvenes de ambos sexos (unos de uno, y otras de otro desde luego), y la indescriptiblecomidamexicananuncajamásvistaenMéxico era preparada por el chef, que salía con frecuencia de la cocina para recorrer su feudo y saludar a los comensales, y que nunca soltaba el cinturón de su delantal, mismo que sostenía con ambas manos mientras caminaba, hablaba o hacía una reverencia cortés. No tardamos en descubrir que la razón de tan peculiar actitud consistía en que el chef era un manojo de tics nerviosos tan extremos, que si no se detenía de algo empezaba a mover las manos hacia arriba y hacia abajo, contorsionándose de maneras grotescas sin parar. Jamás entendimos cómo hacía para cocinar. A las dos semanas de presentar nuestro show nocturno, nuestros jefes quedaron convencidos de que debían buscarnos otra actividad, y así, fuimos asignados a los dos bares con que contaba el restaurante. Además de aprender a preparar una gran variedad de bebidas y beber otras tantas, pudimos constatar que los japoneses, sin importar edad ni género beben como cosacos, e hicimos buenas migas con algunos clientes frecuentes. Nuestra reciente adquisición, el amigo autodenominado “el pendejo de las palabras”, venía a visitarme dos o tres veces por semana, acompañado de su dama, para platicar y practicar conmigo el florido español mexicano que había aprendido en su juventud, y por él y por muchos otros me fui enterando de que, en general, todo mundo alucinaba vivir en Japón, cargaba con un complejo de inferioridad de talla más o menos regular, daría cualquier cosa por ser y parecer occidental y anhelaba mudarse a los Estados Unidos para poder vivir en un departamento espacioso como los que veían en las películas. Al regresar a nuestro mini departamento, a eso de las dos de la madrugada, los vagones del metro olían a alcohol, y nuestras ropas tenían impregnado el olor del humo del tabaco que flotaba en el restaurante formando una espesa capa. Los japoneses, también me enteré, son, o eran en ese entonces, los fumadores número uno del mundo. Después de haber superado el shock cultural, lingüístico y laboral, a las dos o tres semanas de estar en Kobe empezamos a disfrutar mucho nuestra estancia como trabajadores ilegales. La ciudad era muy bonita, absolutamente segura, perfectamente limpia y organizada, la gente era amabilísima y la comida era incomparable (un detalle pequeño pero para mi muy significativo fue que, gracias a una video que nos prestaron y al video club local, pude reencontrarme con Ultra man, Ultra Seven y la señorita cometa). Una vez dominado el sistema de trenes, nos aventuramos a las ciudades vecinas, y conocimos Osaka, Kyoto y Nara, estas dos últimas las joyas históricas de Japón. En ese entonces, como ahora, yo estaba muy interesado en la filosofía Budista, y me di vuelo con los museos, templos, monasterios y monumentos antiquísimos que abundaban en esas dos ciudades, mientras mi esposa me observaba con más curiosidad a mí que a todas las cosas que nos rodeaban. En Nara, alimentamos a los venados que paseaban por la ciudad con unas obleas especiales que vendían por todos lados, y no dejamos de pensar con una tímida risa y un dejo de tristeza, que ninguna de esas sobreviviría más de diez minutos en México, antes de ser transformada en Mixiote o barbacoa de hoyo; recientemente me enteré de que Nara y Kyoto se salvaron de ser destruidas durante la segunda guerra mundial, pues un par de asesores del presidente Truman (¿era Truman?) habían vivido ahí en su juventud y abogaron por ellas. Una de esas noches, cuando atendía la barra del bar, conocí a Norishigue Miyamoto, un corredor de bienes raíces de mediana edad que hablaba bastante inglés y le gustaba platicar. Platicamos largo rato sobre todo tipo de temas, y la noche siguiente volvió con su esposa, Yoko, y seguimos platicando, y platicando, y platicando. Por cierto que, uno de mis compañeros en el bar se quejaba de que yo no trabajaba lo suficiente por andar platicando con los clientes, pero al final comprendió mi calidad de atractivo turístico y me dejó en paz. Un par de días más tarde, los Miyamoto nos invitaron a cenar a lo que parecía ser una pequeña y sencilla taberna japonesa, y que resultó ser en realidad un restaurante muy exclusivo y carísimo; encantados por nuestra sincera apreciación de la comida nipona, nos fueron dando a probar las más delicadas piezas de sushi; recuerdo con particular deleite una llamada toro sushi, y que no era precisamente de ganado bovino sino de una parte especial de un atún especial, que se derretía en la boca como mantequilla. Nuestro amigo Miyamoto san, que como todos los japoneses que habíamos conocido era un bebedor fuerte y no aceptaba un no por respuesta, me llenaba el vaso de sake cada vez que me lo terminaba y me presionaba sicológicamente para que me los terminara rápido, así que después de cada una de las frecuentes cenas a las que nos invitaron, salíamos los dos abrazados como los dos alegres compadres, hasta el cepillo y cantando canciones de Los Panchos (que aparentemente habían sido muy populares en Japón cuando Norishigue era un mozalbete), y acompañados por nuestras señoras que, como manda la tradición, caminaban dos pasos atrás de nosotros. Además de iniciarnos en las artes del sushi, el sashimi y demás delicadezas, los Miyamoto nos abrieron su casa de par en par y nos presentaros a toda su familia, y gracias a eso pudimos conocer la vida diaria, común y corriente de esa gente que habíamos aprendido a querer pero que nos costaba mucho trabajo entender. La hermana de Norishigue, Masako, y su marido Tohuru, tenían una pequeña taberna debajo de un puente, junto una estación de metro, y también de ellos nos hicimos buenos amigos. Otra de las cosas que me interesaba investigar en Japón era el Aikido, un arte marcial muy especial que en ese entonces no era muy conocido en México y que yo había descubierto en una película de Steven Seagal, Niko (la primera que hizo y la única que no es una porquería detestable). Me fijé que en una de las paredes de la taberna de nuestros amigos había una serie de fotografías de clientes distinguidos, y entre ellas había una foto, precisamente, de Steven Seagal; Masako nos contó que una buena amiga suya que vivía en Osaka era maestra de Aikido, y que había estado casada (o cuando menos arrejuntada) con el ya para entonces famoso actor Hollywoodense. Unos días después nos llevó a conocerla a ella, a su gimnasio (su Dojo, para mayor precisión) y a sus hijos, que vinimos a enterarnos que tenía dos, y que Steven Seagal era tan famoso como patán, pues ni los pelaba. A los tres meses de estar en Kobe decidimos que era tiempo de regresar a casa (a los tres meses se nos terminaba la visa y teníamos que salir del país), y aunque los dueños del restaurante tenían planeado enviarnos a Hong Kong a capacitarnos en las diferentes artes de la bebida, la comida y el entretenimiento, regresamos a México. Hasta la fecha no hemos podido volver a Japón, pero hay más tiempo que vida, y por lo pronto, cada vez que visitamos la Ciudad de México, nos consolamos y entregamos a la nostalgia con un Tempura Udón y unos sushis más que decentes en el restaurante Tokio de la Zona Rosa.
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