Birria y Tequila para el alma.

Era un lunes, me acuerdo muy bien, porque para mi todos los lunes son cuesta arriba. Bien dicen que los lunes ni las gallinas ponen. Yo no sé, me cai, porque no mejor corren el calendario para que descánsemos los lunes, que es el día en que le cuesta a uno más trabajo levantarse, y empiécemos la semana laboral el martes. Bueno. El caso es que ese lunes que les digo estaba yo particularmente agüitado, porque el toros neza, mi equipo, había sido masacrado sin piedad una vez más, y la primera división A se veía más cerca que nunca. También tendrían algo que ver, no lo niego, las seis caguamas que me había tenido que refinar durante el partido con mi compadre Rogaciano para anestesiar el dolor de la goliza.
Iba yo pues manejando el microbús, porque yo chambeaba de chofer de microbús, y para animarme un poco le iba pisando al acelerador y echando carreras con mi cuate el chavo del 8, de la unidad 08 ( por eso le decimos así). También, para animarme un poco más, iba escuchando mi casec de los Ángeles Azules, que se oye medio pinchi porque es piratón ( tanto el casec como el aparato son Soni con I latina) pero de que se oía re duro se oía re duro; lo suficiente para impedirme escuchar los quejidos y protestas de los pasajeros latosos y, sobre todo, a mi vieja que repetía, dentro de mi cabeza, que su mamá se venía a vivir con nosotros, pues la acababan de desalojar de su casa por exceso de falta de pago de renta.
Y no vayan a creer que andaba enojado por la invasión de la suegra maligna. Al contrario. Estaba contentísimo, y ese era precisamente el problema. Doña Chona sí es como todas las suegras que salen en los chistes: metiche, intrigosa, mala onda y siempre reclamándole a mi vieja que no se haya casado con no se quién, que al parecer sí era un gran hombre, a diferencia de un servidor que guara, guara, guara, ya se saben todo el rollo de las suegras. Al contrario, digo. Junto con Doña Chona llegaría a la casa la hermana menor de mi vieja, Cuquita. Y Cuquita era ( y sigue siendo) un forrito. Ahí estaba la chingadera. Uno, hombre y cabrón pero con temor de Dios y deseos de acatar sus mandamientos, y le vienen a traer la tentación hasta la comodidad de su hogar. No, pus así no se puede.
Mi cabeza, pues, iba más rápido que mi unidá ( y eso ya es decir algo) repasando las posibilidades que la nueva situación familiar ofrecía. Y, sin duda, la que más ofrecía era Cuquita, que en repetidas ocasiones me había dejado entender que no le sacaría a un encuentro cercano del tercer tipo con un servidor. Dicho sea de paso y haciendo a un lado la falsa inmodestia, ¿verdá?, uno también tiene lo suyo. El rostro de asombrosa belleza varonil, como diría Kalimán, la virilidá a flor de piel y sobre todo la caballerosidá y fino trato, han sido la perdición de más de una pasajera, de más de una vecina, y hasta de una que otra amiga de mi vieja. Eso del atractivo, que es innegable, mas la inquietud propia de la edad de Cuquita, que apenas había dejado atrás las muñecas y había sido presentada en sociedad, hacía necesario que acelerara más y más, y que le subier el volumen a todo cada que repetían aquello de Besando la cruz, está-ás tú, rezando una oració-ón, está-ás tú, ¿ cómo te voy a olvidar, cómo te voy a olvidaaaaaaaaaaar? para tratar de olvidar, aunque fuera tan solo por un par de cuadras, que ese mismo día, al regresar a casa, Cuquita iba a estar allí, lista para que juntos, al primer descuido de mi vieja y la suegra, hiciéramos de las nubes terciopelo, para ponerlo en palabras de San José Alfredo.
Pero no se me olvidaba, y la velocidad creciente y el volumen atronador de mi estéreo no eran capaces de competir con las imágenes que se agolpaban ante mis ojos; escenas dignas de cualquiera de los videos que venden en el paradero de los micros, y que me hacían pasar sin control del placer desenfrenado a la culpa implacable. ¡Qué poca madre! Me decía a mi mismo. Mi vieja tratando de ayudar a su mamacita chula, y yo tratando de bombearme a su hermana.
El crucifijo de plástico tamaño familiar que tengo colocado enfrente del asiento, el estereo y el frasco azul de nivea, no era de mucha ayuda en esos momentos. Sentía que los ojos del divino chuy se clavaban sobre mí con más furia que los de los pasajeros que me miraban por el retrovisor. La culpa me aturdía aún más que mis pensamientos y la música a todo volúmen. Y así, ciego de lujuria y confusión, fue como me fui a estrellar con el chavo del 08, a toda velocidad los dos, en el carril de alta, en hora pico y con las unidades llenas.
Hasta el día siguiente, por el periódico, me enteré que no hubo pérdidas humanas que lamentar, como dirían en los noticieros, aunque si algunos heridos leves y daños a terceros ( nos llevamos entre las patas, o mejor dicho entre las llantas, a dos taxis y un Sentra recién salido de la agencia). En esos momentos, lo único que supe hacer fue salir del micro sin siquiera voltear a ver cómo estaban los pasajeros, esfumarme más rápido que como venía manejando. Me eché a correr hacia un grupo de edificios y casas que estaban del otro lado de la avenida, y aprovechando el desmadre que se armó, atravesé el parque sin que nadie se diera cuenta y me metí a esconderme en un pequeño cine, que, cosas de la vida, proyectaba la película que cambiaría mi vida.
La película se llamaba Hanah y sus hermanas, y se trataba de un fulano que se andaba comiendo a la hermana de su mujer. Medio rara la película, sobre todo para uno que no había pasado de las superproducciones de los hermanos Almada, del flaco Ibáñez y de las películas gringas que pasan los sábados en el canal cinco. Medio rara, digo, pero no pude quitarle el ojo de encima. Hasta se me olvidó lo del accidente. Era demasiada coincidencia. No, no era coincidencia. Era un mensaje divino. Un aviso. Por eso tenía que ponerle atención, para poder comprender lo que el señor quería comunicarme.
Al final de la película, platicando con la señora de las palomitas, me enteré de que el enano narizón que andaba con la otra hermana en la película, se llamaba Woody Allen, y que además de dirigir esa y otras 28 películas igualitas a esa, en la vida real se había ligado a la hija adoptiva de su mujer, la que vendría siendo su hijastra, y que ahora vivía con ella, muy quitado de la pena, y seguía haciendo más películas iguales, tranquilazo, famoso y felíz. El mensaje era claro. Si ese señor podía refinarse a su propia hijastra sin el menor remordimiento, el asunto de mi cuñada era cosa hecha.
Regresé a la casa, y sin más palabra me robé a Cuca ( que no opuso resistencia alguna), dejé a mi vieja con su mamá para no verlas más, y la emprendimos con rumbo a la frontera. Luego de un par de intentos fallidos, nos instalamos en Los Ángeles, y ahoy vivimos en una pequeña casa desde donde puedo ver todas las mañanas el letrerote de Hollywood, que inspira mi vida y mi trabajo. Mientras mi Cuca chambea en una fábrica donde ensamblan computadoras, yo escribo mis guiones para el cine que algún día espero dirigir y actuar.

Fuera de lo que leí en el periódico al día siguiente del accidente que les conté, nunca volví a saber del chavo del 08, ni del dueño del micro, ni de mi compadre Rogaciano. Vivo feliz con Cuca. No tenemos hijos, pero estoy tratando de convencer a Cuca de que adoptemos una chinita. Hay que pensar en el futuro...