¿Cómo acabar de una vez por todas con la democracia?

Si esto que padecemos los mexicanos y muchos otros pueblos del mundo es la democracia, me vería obligado a declararme un feroz anti demócrata. Pero no, no lo soy; soy un demócrata de corazón, y el problema tampoco está en la democracia. Más bien, la respuesta se encuentra en el hecho de que a lo que nosotros llamamos democracia es más bien un error en The Matrix, una perversión del ideal original que nos ha sido impuesta por los partidos políticos, los intereses económicos, los medios de comunicación y demás bola de culebras.
La pregunta es, ¿para qué queremos partidos políticos que solo se representan a sí mismos, que nos salen carísimos y que son incapaces de pensar en otra cosa que no sean las próximas elecciones y los beneficios que de ellas pueden obtener? ¡Para nada! No sirven, son una lacra, una rémora que nos chupa los pocos recursos que tenemos. Pero, como la solución no es poner en su lugar a un iluminado que tome todas las decisiones sólo (de ahí venimos), la alternativa es simple. Deshagámonos de los partidos y pongámonos de acuerdo directamente nosotros solitos; aunque suena descabellado, estoy seguro de que podríamos hacerlo sin tantos problemas, y que lograríamos llegar a los acuerdos a los que no pueden llegar nuestros supuestos representantes populares. ¡Reinventemos la democracia! Creemos una democracia sin intermediarios y, con buena voluntad, aceptando nuestra diversidad y haciendo un ejercicio de tolerancia y paciencia, organicémonos para ponernos de acuerdo en los temas fundamentales, hagamos los referéndums que hagan falta, implementemos las medidas que entre todos elijamos, pongámonos a chambear y, cuando llegue el momento de tomar alguna otra decisión, nos volvemos a auto convocar a las urnas y chirrin chin chin. He aquí una propuesta de temas y procedimientos.

Reforma del Estado.
Para empezar y para quitarnos de problemas, desaparecemos por razones de hartazgo y aburrición extrema a todos los partidos sin excepción; al integrante de cualquiera de los institutos damnificados que se queje lo ponemos a trabajar por primera vez en su vida para que sepa lo que es ganarse el pan honradamente y una vez que haya sido re educado lo dejamos regresar a la sociedad (o lo reinsertamos, que es lo mismo pero que se oye más feo). Al IFE le perdonamos la vida, pues lo vamos a necesitar para que nos organice los mencionados referendums, pero a sus funcionarios les bajamos el sueldo a ocho salarios mínimos si les gusta. Y si no les gusta, de patitas a la calle con todo y chivas que no faltarán miles de mexicanos interesados en tener una chamba, aunque sea de consejero electoral. Una vez instaurada la democracia directa y desaparecidos los partidos, la figura presidencial saldría realmente sobrando; sin embargo, como todos los países tienen a alguien que los represente, que vaya a las cenas de estado y a las reuniones internacionales, propongo que el puesto de Presidente de la República no desaparezca, pero que sea rotativo y aleatorio, me explico. Cada vez que vaya a haber una reunión chida en Europa, Asia o donde sea, convocamos a un sorteo especial de la lotería y, el que se lo gane se va a representar al país con un o una acompañante, con todos los gastos pagados, y con la libertad de decir lo que se le antoje en nuestro nombre (seguro que no nos iría peor de lo que nos está yendo ahora). Y al final de su encomienda el agraciado o agraciada regresa al país, retoma su sitio en la sociedad como ciudadano común y corriente y, al próximo viaje, se vuelve a implementar el miso procedimiento. ¿Está padre no? Juntaríamos dinero para la asistencia pública y haríamos felices a decenas de ciudadanos cada sexenio.
Con los miles de millones de pesos que nos ahorraremos con esta reforma del estado (ésta sí maravillosa), nos sobraría lana para invertir en educación, salud, pensiones, infraestructura y energía. Sin embargo, sería conveniente no dejar de lado el asunto de la Reforma Fiscal, especialmente si podemos hacer una como la que se sugiere a continuación.

Reforma Fiscal Integral.
Una vez sin el estorbo de diputados, senadores, gabinetazo, presidente y demás, pidámosle a las cinco o diez instituciones académicas más importantes del país que nombren a un panel de especialistas en áreas fiscales y económicas. Con la milésima parte de lo que los diputados se gastan en una reunión, nosotros juntamos a nuestros expertos en algún saloncito sabroso, en un hotel bonito, una semana, y entre todos nos encargamos de apapacharlos y hacerlos sentir bien. Y nomás les solicitamos que en buena onda, ellos que SÍ saben del tema (y que no tiene que preocuparse por ganar diez gubernaturas para poder después ganar la presidencia) produzcan una reforma fiscal que tenga las siguientes características: 1) que simplifique el pago de impuestos, 2) que permita aumentar la base de contribuyentes, 3) que no dañe los intereses de los más pobres, 4) que sea justa, 5) que promueva el empleo y el crecimiento. Una vez puestos de a cuerdo los especialistas, nos pasan la reforma, la aprobamos por aclamación, hacemos una fiesta en el zócalo y en las plazas de armas de cada ciudad y nos ponemos a chambear y a crecer como Dios manda.

Reforma Energética
¿Pa qué tanto brinco estando el suelo tan parejo? Una vez más, si nos deshacemos de los partidos y sus particulares intereses y compromisos, podríamos ponernos de acuerdo en el asunto de la reforma energética fácilmente; todo lo que necesitamos es que los que vociferan en uno o en otro sentido dejen de hacerlo y nos dejen escuchar a los que saben del tema. De nuevo, juntamos a los especialistas más picudos, revisamos algunas experiencias internacionales de países clave como Finlandia, Suecia, Dinamarca y demás, ponemos todo eso junto y, a continuación, abrimos lo que tengamos que abrir, cerramos lo que tengamos que cerrar, y empezamos a crecer como tenemos que crecer.

Conclusión: ¿qué estamos esperando para deshacernos de los partidos?

patricio@milenio.com