| Crónicas de una modernización anunciada De Coscomatepec a Costco Hace tres años me mudé a vivir al campo, y descubrí algo que me ha apasionado desde entonces: la horticultura y la agricultura orgánica. He encontrado pocas cosas tan satisfactorias como cosechar y comer algo que ha sido cultivado por uno mismo, y he experimentado pocas cosas tan frustrantes como perder una cosecha sin poder hacer nada al respecto; hace un año y medio aproximadamente, varios meses después de haber barbechado una pequeña superficie de tierra muy dura, de haber sembrado un maíz criollo que me fue proporcionado por un buen amigo y de cuidar con esmero mis ciento cincuenta plantas, un furiosos viento del norte las destruyó cuando ya habían echado su flor y las mazorcas empezaban a crecer. De las ciento cincuenta plantas, solo un elote pequeño pudo ser rescatado; una magra cosecha, pero eso sí, el elote más dulce que he probado en mi vida Mis días de descanso los dedico, en buena medida, a sembrar, cuidar y abonar lechugas, espinacas, chayotes y plantas de tomate, y a tratar de aprender un poco más al respecto. He aprendido a elaborar lombricomposta, un abono excelente que es producido por unas lombricitas californianas muy productivas, y que al principio tenían suficiente con los desperdicios de orgánicos de nuestra cocina, pero que al multiplicarse geométricamente me han obligado a visitar una o dos meses por mes el mercado en busca de costales de restos de frutas y legumbres en mal estado ( que, con frecuencia, está en mejor estado de lo que hay en los supermercados) para alimentar a mis criaturas. He aprendido también, platicando con productores de hortalizas orgánicas en serio, cómo y cuando se deben sembrar las semillas y transplantar las plántulas para que crezcan bien y sean más resistentes, y lo importante que es el ciclo lunar para este proceso. En fin, que aunque no he aprendido mucho, insisto en intentar nuevos cultivos, y hace unos días Don Félix y yo terminamos de acondicionar una pequeña parcela en mi terreno, en donde pienso sembrar maíz nuevamente. Resonaba en mi cabeza algo que me habían comentado sobre el mejor tiempo para sembrar el maíz, e inmerso en esas cavilaciones tuve que ir a Costco a comprar algunas cosas. Compré lo que hacía falta y al salir con el carrito, un señor de unos sesenta y tantos años, de los que tantas veces he visto al salir de esa misma tienda, me ayudó a llevar las cosas al coche. Cuando estaba yo por subirme al auto, escuché que el hombre le comentaba a otro que hacía las veces de auxiliador de automovilistas en retirada, que otra vez era ya luna llena y que el tiempo se iba muy rápido; me detuve a observar la luna, y les pregunté si estaba completamente llena, pues había visto en el calendario que la luna llena no era sino hasta un par de noches después. Ellos, señalando al satélite y poniéndolo como prueba por su irrefutable redondez, me aseguraron que sí, que ya estaba llena, y así iniciamos una inesperada conversación. Yo les conté que mi interés en saber si la luna estaba llena o no era por el maíz que tenía planeado sembrar, que sembraba hortalizas y que la verdad no tenía muy clara la información sobre los ciclos lunares y las plantas. Los dos sonrieron amplia y francamente, y sin sombra de dudas me explicaron: el maíz se siembra con luna llena, lo que garantiza que los elotes crezcan grandotes y sanos, y se cosecha también en luna llena, lo que ayuda a que el grano no se apolille; y en el caso de las hortalizas, las plántulas deben ser transplantadas en luna nueva, para que crezcan bonito. -La gente no cree esas cosas de la luna- me dijo uno de ellos- pero los campesinos sí, porque lo ven. -La luna tiene que ver con todo- intervino el otro-, hasta en las mujeres. Todos son ciclos. Me contaron que los dos crecieron siendo gente de campo, y que a eso se dedicaron toda su vida; y no me lo contaron, pero me imagino que su caso es igual al de cientos de miles de campesinos que tuvieron que emigrar a las ciudades porque sus cosechas ya no valen y por el abandono total en que los tienen los gobiernos. Me despedí de ellos con una mezcla de contento por la información recibida y por la amistosa plática y profunda tristeza por estas dos personas y por todos nosotros; dos personas que tanto saben de la tierra, de sus frutos, de la luna y de la vida, cuidándonos los pinches coches en el estacionamiento de una tienda que los subemplea, y que forma parte del increíblemente complejo engranaje de la maquinaria que los puso fuera del mercado por no ser competitivos. Vaya paradojas. Ventajas del cambio climático El domingo pasado me encontraba cómodamente instalado en el sofá de la sala, viendo con gran regocijo el programa de Jaime Maussán para enterarme de las novedades del fenómeno OVNI y Los Misterios del tercer Milenio, y aunque no hubo información sobre los platillos voladores, me enteré de que los niños índigo no cuentan con un programa de enseñanza especial por parte de la SEP (que al parecer ocupa todo su tiempo y recursos en lidiar con demasiados niños méndigo), de que a los fantasmas se les espanta con incienso y salvia, y de los misterios de grandes civilizaciones que al parecer desaparecieron sin dejar rastro. Uno de los colaboradores del programa presentó una fotografía de la NASA, acompañada de una información de la misma agencia espacial en la que se hace una proyección de cómo será el planeta dentro de treinta años si no se revierte de alguna manera el calentamiento global; de acuerdo a ese estudio, los polos se habrán descongelado (no sé si por completo o casi por completo) y una buena parte de las áreas costeras habrán sido cubiertas por el mar océano. Por lo que se pudo ver en la foto presentada, a los estados Unidos, seguramente como una venganza cósmica por no haber firmado el protocolo de Kyoto, les va a ir como en feria, y a nosotros que sí lo firmamos, también. La información, debo confesarlo, me alarmó de entrada (la república mexicana se ve muy rara sin sus dos penínsulas), pero siendo como soy optimista por naturaleza, no tardé en encontrarle el lado bueno al asunto: Xalapa, donde tengo el placer de habitar, fue fundada por los españoles que escapaban de los calores infernales del Puerto de Veracruz, y era un remanso para los viajeros que hacían el recorrido desde el Puerto hacia el centro del país; al igual que las otras ciudades de la zona montañosa central, como Córdoba y Orizaba, a Xalapa la caracterizaban su clima fresco, la niebla, la constante llovizna y la ausencia del sol por largas temporadas. Ahora que casi hemos logrado pelar completamente el cofre de Perote, los bosques del Pico de Orizaba y arrasar con las selvas de los Tuxtlas, Xalapa y las otras ciudades antes mecionadas cuentan ya con largos veranos y con unos calorones a veces insoportables, y por esa razón hago la broma de que ya nada más nos falta que, ahora que ya hace calor como en el puerto, nos cumplan la promesa de campaña de traernos la playa más cerca. De ser cierta la información presentada en el programa de Maussán, no pasará mucho tiempo antes de que mi deseo se convierta en realidad: al observar con cuidado la foto de la NASA, pude notar que al subir el nivel de las aguas, la playa que antes me quedaba a una hora en auto me va a quedar como a cinco minutos caminando. Bien dicen, pues, que no hay mal que por bien no venga. |