Desde Alemania, Patricio reportando las novedades del mundial.

 

Me encuentro en Alemania, cubriendo mi segundo mundial consecutivo para la modesta pero enjundiosa revista El Clásico pasesito a la red, especializada en fútbol y todo lo que se le relacione, y cuya sede se encuentra en Coatepec, Veracruz. El director de este popular semanario, amigo de la infancia y apasionado del deporte de las patadas, al que por alguna razón le gusta mi estilo desenfadado, inusual y con frecuencia incomprensible de escribir, decidió mandarme una vez más a reportear en vivo y en directo desde Alemania, que será durante un mes la meca del balompié para los adoradores del deporte más popular del mundo. Yo acepté gustoso la invitación de asistir a la justa mundialista en calidad de corresponsal porque, aunque no sé nada de fútbol ni me gusta ver los partidos, sí me gusta viajar y, sobre todo y muy especialmente, me encanta viajar gratis. Pero, como siempre pasa,  la aventura no ha sido tan fácil ni ha sido tan gratuita; siendo El Clásico Pasesisto a la red (www.clasicopasesitoalared.com) una revista muy modesta, de capital peligrosamente variable y recursos limitados en demasía, solicité apoyo a mi jefe y amigo, el director de Milenio Carlos Marín, a quien le propuse una colaboración entre Milenio y El clásico Pasesito... para mandarme de enviado especial al Mundial, pero en un minuto me mandó a otro lado con una de esas respuestas que lo han hecho famoso: ¡No me estés chingando y ponte a hacer tus monos!. Decidido a no tomar eso como un no definitivo, insistí, ahora pidiéndole a Jairo Calixto Albarrán que compartiera sus viáticos conmigo. Me dijo que lo iba a pensar y que él me avisaba, pero todo parece indicar que no lo convenció mi propuesta porque a dos días de iniciado el mundial aún no he recibido respuesta alguna. Con la premura del tiempo, el director, editor y diseñador de El clásico pasesito..., que se abstiene de ir él mismo a los mundiales y reportear para su revista por el pánico irracional que le tiene a los aviones, y que se niega a simplemente fusilarse las notas de las agencias ( “Así no tiene chiste- me dijo antes de mandarme a Japón y a Corea hace cuatro años- Es como escribir del festival de cine de Cannes rentando las películas en el Blockbuster”) me consiguió un boleto de avión con las millas de su tarjeta de crédito, con destino final a Munich, pero conformado por un itinerario de lo más interesante: Veracruz-Toluca, Toluca-Ciudad de México en camión, Ciudad de México-Los Ángeles, Los Ángeles-Filadelfia, Filadelfia-Nueva York en grayhound, Nueva York-Madrid, Madrid-Bruselas, Bruselas-Frankfurt y Frankfurt-Munich. Fueron muchas horas de viaje, muchas horas de espera en aeropuertos que mi memoria es incapaz de distinguir, y muchas horas dedicadas al internet tratando de conseguir, infructuosamente, boletos para los partidos de México. Por lo que logré averiguar, los boletos se agotaron desde hace varias semanas, repartidos a partes desiguales entre los aficionados mexicanos que asistirán a apoyar al equipo tricolor y que conforman el tercer contingente más numeroso de turistas futboleros, y los apoyadores de los seleccionados de Irán, Angola y Portugal, ávidos también de patrióticas y deportivas satisfacciones. También logré enterarme de que por acá la reventa al estilo mexicano no puede funcionar, pues los boletos que se vendieron están no solo numerados, sino que todos cuentan con el nombre de la persona que los adquirió; sin embargo, confío que entre tanto compatriota que como yo se presentará en el último minuto el domingo en el estadio, sin boleto, encontraremos una solución ingeniosa para podernos colar y disfrutar del cotejo.

En la Munich lluviosa y fría de esta inusual primavera germana, víctima como todo el resto del mundo del cambio climático, me resultó del todo imposible encontrar un alojamiento decente, y casi imposible encontrar uno indecente. Finalmente y después de mucho rogar en varios idiomas, conseguí un micro cuarto (sospecho, por el tamaño y por el estado en que se encuentra la habitación, que antes de alojarme a mí alojaba escobas, cubetas y trapeadores) sin baño y sin otra cosa que un catre individual, en un peculiar y pintoresco hotel que sin la menor duda forma parte la cadena Ucho. Por este modesto hospedaje tengo que desembolsar la nada despreciable cantidad de ciento cincuenta euros la noche, aunque, como en última instancia el que los está desembolsando es el director de El Clásico pasesito..., ni el cuarto ni el precio me quitan el sueño. El presupuesto con el que cuento para sobrevivir este mes en Alemania definitivamente no me alcanza para comer en restaurantes, pero como antes de venir me apalabré con mi cuate el escritor Juan Villoro (enviado de Televisa deportes) para que me dé chance de arrimarme a su hotel a la hora del desayuno y de la cena, la verdad es que el asunto tampoco me preocupa mayormente.

A estas alturas de la narración, imaginarán ustedes que no tenía ni conseguí boleto para la inauguración del mundial (que según leí y me contaron estuvo espectacular), pero sí pude ver un rato del partido de Alemania contra Costa Rica en la televisión de un bar en el que me dejaron usar el baño. Sigo sorprendido de que los alemanes hayan tomado con tanta ecuanimidad el resultado del encuentro, que podríamos considerar la primera sorpresa del mundial. Bien por Costa Rica, que con este triunfo de 3 a 2 se coloca en la antesala de la siguiente ronda. La semana próxima continuamos con la narración, porque ahorita lo que me urge es ver si Juan Villoro ya está de regreso en su hotel. Hasta entonces y buena suerte el domingo para nuestra selección.