Desde Hannover, Patricio (enviado no muy especial al mundial de Alemania).

 

Nuevamente, desde la capital mundial del fútbol, en donde me encuentro cubriendo la copa del mundo para la revista especializada El Clásico Pasesito a la Red (ver el Pescado Original de la semana pasada en http://monosdepatricio.blogspot.com), les puedo comentar que si bien no pude ver el partido de México contra Angola en vivo y en directo, sí pude conocer desde dentro las cárceles alemanas (de primer mundo, mucho mejor que los hoteluchos en donde me he estado quedando) y también logré mi primera exclusiva en esta Copa del Mundo. Contrario a lo que pudiera pensarse, no fui detenido por hacer desmanes, cual uno más de los numerosos hooligans multinacionales que pululan por las ciudades sede, sino por haber tratado de entrar al partido del seleccionado nacional, en Hannover, con un boleto falso. Obviamente, yo no sabía que era falso, aunque debí sospecharlo por lo poco que tuve que pagar por él, en vez de regocijarme de mi suerte por haber encontrado el único boleto de cien euros, mientras que otros compatriotas desesperados estaban comprándolos hasta en mil (sí, leyó usted bien: hubo quien pagó mil euros por ver el empate de cero por cero contra Angola). Desvelado y apendejado por el trajín cotidiano, por tratar de ganarle la nota a una creciente nube de reporteros y por tratar de sobrevivir con estos precios y con este escaso presupuesto con que cuento, entregué mi boleto en la entrada del estadio; para mi sorpresa fui hecho a un lado para que pudieran pasar los dos millones de personas que venían formadas detrás de mi, y después de una cada vez más preocupante espera, fui conducido a un cuartito en el mismo estadio, en donde permanecí durante dos horas y media, más o menos, sufriendo con dos guardias teutones el partido de la selección nacional en una televisioncita portátil. Una vez terminado el encuentro fui conducido a la comisaría de la ciudad, en donde pasé la noche con otros siete compatriotas que también habían sido estafados por el mismo fulano y detenidos en el estadio, boleto pirata en mano. Para pasar el rato, los ocho damnificados por el falsificador, distribuidos de a dos en dos en cuatro celdas contiguas, comentamos el dramático empate de nuestro seleccionado contra Angola, y cuando se nos acabó el tema y cuando nos acabamos a los seleccionados por su falta de entrega en el primer tiempo y su falta de puntería y contundencia en el segundo, pasamos a comentar nuestra penosa, aunque cómoda, condición de prisioneros deportivos en Alemania. Si bien todos coincidíamos en la descripción del cabrón que nos vendió los boletos falsos (güero, medio pelón, flacucho, de estatura media y de lentes), no todos estuvimos de acuerdo en la teoría de mi compañero de celda, que resultó pejista furibundo y que era el que estaba más pedo de todos, de que el falsificador era nada menos que el cuñado de Felipe Calderón, quien habría escapado a Alemania para evitar el asedio mediático en México y que habría cedido a la tentación y a las malas mañas para hacerse de una lanita extra a costillas de todos nosotros. El mismo personaje aseguraba también que al Kikín Fonseca le había caído negra y chapopotuda maldición por haber hecho comerciales a favor de Calderón, y que por eso no la había podido meter contra Angola.

Dormimos poco y al rayar el alba nos dejaron a todos en libertad sin necesidad de pagar ninguna fianza y con tan solo una admonición, o algo que por el tono se le parecía, pero que nadie entendió.  Las calles de la ciudad seguían tomadas por los compatriotas, también bastante tomados, que seguían festejando lo infestejable y que, después de horas de farra y hectolitros de cerveza tenían un aspecto más deplorable que el de nuestro grupo de exconvictos. Me apuré a trasladarme a mi humilde alojamiento en el cuarto de un colega portugués que subdividió y subarrendó su habitación de hotel de dos estrellas, a otros cinco periodistas que como yo, no eran muy exigentes.  Necesitaba darme un baño y cambiarme de ropa antes de encontrarme para desayunar con Valdomiro Ruggeiro Bracamontes, auxiliar de masajista de la selección, miembro del equipo de colaboradores de Ricardo Lavolpe desde sus tiempos del Atlas y único personaje relacionado con la selección que accedió a una entrevista con su servidor y a quien ningún otro medio ha entrevistado jamás (o sea, la exclusiva la tenía garantizada). Llegué a tiempo al McDonalds en el que cité a mi entrevistado (a mí no me alcanzaba para invitarle otra cosa y él es sencillito a pesar de ser argentino). Llegó a tiempo, pedimos nuestras Big Macs mañaneras, y en pocas palabras (la entrevista completa la pueden leer en El Clásico Pasesito a la Red, y extractos en www.clasicopasesitoalared.com) me dijo que los factores que habían influido en el empate contra Angola eran que, por un lado, el seleccionado mexicano no había podido anotar y, por otro, el de Angola tampoco. Y que de haber anotado nuestro equipo no estaríamos hablando de un empate sino más bien de una victoria. Me confió también que a Ricardo Lavolpe le colocaron cuatro parches de nicotina para que aguantara sin fumar los noventa minutos que duró el encuentro pero que con todo y eso en el medio tiempo se fumó una cajetilla completa (al parecer nadie le advirtió de los peligros del tabasquismo).

Esto es todo por hoy, aficionados que viven la intensidad del fútbol. Me despido con una mezcla de tristeza y alivio; tristeza por no haber podido derrotar a los angoleños y calificado a la siguiente ronda, y alivio por que Kikín Fonseca no anotó un gol que habría rescatado del embrollo familiar a Felipe Calderón y que le habría regalado tres o cuatro puntos en las encuestas que, francamente, no se merece.

 

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