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Los topos marcianos, la Alternativa 3 y el protocolo de Kyoto.
Hace algunos años llegó a mis manos un videocasete, que había sido encontrado por unos amigos en casa de otro amigo, y que contenía un programa que causó conmoción entre toda la flota de cuates que nos reunimos a verlo. El programa se llamaba Alternativa 3, y se trataba, aparentemente, de un documental inglés de los años setenta u ochenta, en el que un grupo de reporteros investigaba una serie de hechos inquietantes, como el extraño caso de un grupo de personas jóvenes y bien preparadas, quienes en el periodo de tres o cuatro años habían desaparecido sin dejar huellas, y cuyos automóviles aparecían abandonados en el aeropuerto de Heathrow, y el misterioso asunto de una cinta de video de un formato especial que les es entregada por un ex agente secreto, o algo así, y que no pueden ver porque está codificada y necesitan un aditamento especial para que la máquina la pueda leer. En algún momento, un grupo de científicos explican las terribles consecuencias que tendrá en el planeta el efecto invernadero y el calentamiento global, y luego de todo tipo de peripecias llenas de suspenso y peligro, los reporteros logran atar todos los cabos necesarios y descubren un increíble complot: un plan conjunto de algunos países occidentales como Estados Unidos e Inglaterra y la entonces enemiga Unión Soviética, quienes habrían llegado a la conclusión de que el deterioro ambiental en la tierra era irreversible y que la única alternativa viable para evitar la extinción de la especie humana, la Alternativa 3, era el traslado de algunos elegidos a otro planeta que estuviera en buenas condiciones, mismos que prepararían el terreno para un posterior traslado masivo de personas (obviamente, de habitantes de aquellas naciones que pudieran costear el viajecito de sus ciudadanos). De acuerdo a los testimonios recabados por los reporteros, los viajes a la luna habrían empezado mucho antes del primer viaje a la luna del que todos nos enteramos (aparecen entrevistas con algunos supuestos astronautas de las misiones Apolo), y existiría un proyecto, ya en ejecución, para edificar bases en el lado oscuro del satélite terrestre, mismas que servirían para una mega operación de colonización de Marte. El documental termina de forma impactante, con una escena a todo color (la que estaba en la famosa cinta, finalmente desencriptada gracias a un adminículo entregado por un fulano que muere por ello) y en el que vemos, desde dentro, a una nave que desciende y se posa sobre un terreno rojizo y pedregoso, muy parecido al suelo marciano que hoy ya todos conocemos tan bien, mientras se escucha un diálogo en ruso e inglés. Junto a una de las patas de la nave hay un extraño movimiento de tierra, como el de un topo al excavar un agujero, que sugeriría algún tipo de vida animal. La cinta termina con un grito de júbilo de los tripulantes que dicen algo como: es 1962 (o algo así) ¡hemos bajado al planeta y hay vida en Marte! El supuesto documental estaba tan bien hecho (tipo el proyecto de la Burja de Blair) que generó acalorados debates entre lo amigos que, sin elementos de juicio que fueran más allá de nuestra intuición y nuestras pasiones, opinábamos a favor y en contra de la autenticidad de dicho documento secreto, desclasificado del armario del amigo que lo tenía sepultado entre otros ochenta videocasets. Uno de mis cuates, indignado, reclamaba a las potencias involucradas en el complot que no hubieran optado por las alternativas uno y dos, que seguramente incluirían en el rescate a todos los demás habitantes del planeta y al planeta mismo; otros más, los escépticos, dudaban de que hubiera topos en Marte; los más, nos manteníamos dentro de los límites de un temeroso escepticismo, esto es, escépticos ante la veracidad de algo que parecía salido de las calenturas más mafufas de Jaime Maussán, y a la vez atemorizados por las muy certeras y verificables explicaciones que aparecían en el mismo documental sobre la catástrofe ambiental y el calentamiento global. En fin, que aunque no pudimos llegar a un consenso, con el tiempo todo el misterio se aclaró cuando en alguno de sus programas, el antes mencionado ovniólogo de cabecera del secretario de la defensa nacional, Maussán, transmitió en alguno de sus programas nuestro Alternativa 3, alegando, desde luego, su autenticidad a toda prueba. Días más tarde, el mismísimo Pedro Ferríz Santacruz declaró por ahí que en su tiempo él había tenido acceso a ese documental, mismo que le había entregado aclarándole perfectamente que era una obra de ficción, y que a su vez él se lo había dado a Juan Ruiz Healey o a López Dóriga, no recuerdo bien, haciéndoles también la debida aclaración. A su vez, un físico de la UNAM, en alguna entrevista televisiva, aclaró que en la fecha en que supuestamente había ocurrido el amartizaje, no existía aún la tecnología para filmar a colores. Con o sin Alternativa 3, topos marcianos ó complots internacionales, lo que sí es cierto es que el calentamiento global y el cambio climático están haciendo que el agua nos llegue a los aparejos (literalmente), mucho antes de lo que nos hubiéramos imaginado. Leí el otro día que, de continuar el derretimiento de los casquetes polares al ritmo actual, en menos de tres décadas no quedará hielo en los polos y todas las ciudades edificadas al nivel del mar estarán siete metros bajo el agua (nota: hasta no ver cómo pinta la cosa, no hay que hacer inversiones en bienes raíces en esos lugares). Para buscar alternativas globales y tratar de revertir esta situación, representantes de 180 países iniciaron este lunes en Montreal conversaciones sobre el protocolo de Kyoto, cuyo objetivo es la reducción de los gases que producen el efecto invernadero. Los niveles atmosféricos del CO2 (dióxido de carbono), están actualmente en su nivel más alto en 650 mil años (y aumentando), el 2005 será probablemente el año más caliente del que se tenga registro, y la recalentada planetaria no tiene para cuando acabar, pues por un lado, el mayor emisor de CO2 del mundo, los Estados Unidos, se niega a firmar el protocolo y a comprometerse a reducir sus emisiones, y por otro las economías emergentes como China e India, que cada día consumen más energía para seguir alimentando a sus aceleradas economías, producen más y más gases. El asunto es, pues, que mientras no cambiemos nuestro estilo de vida, inspirado en el american dream y basado en la idea de que el único fin en la vida es el consumo, lo que se perfila en el panorama es la versión real de la Alternativa 3. A fin de cuentas, todo parece indicar que en Marte sí hay agua y sí hay vida, ya tenemos cámaras de video a color por si hay topos en el planeta rojo, y la Tierra parece haber entrado en un callejón sin salida. Y como siempre pasa, los únicos que se podrán pagar el viaje a Marte, serán los mismos que hayan producido suficiente CO2 para hacerse ricos a costa de los que nos vamos a quedar acá, con boleto de primera fila para el Apocalipsis.
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