Historias alegres de la changarrización: un testimonio de éxito.

En concordancia con las declaraciones del presidente de la república y del secretario de economía, que han enfatizado la relevancia del hecho de que, si bien en nuestro país se han perdido miles de empleos, al mismo tiempo se han creado diez millones de nuevos changarros, la subdirección de divulgación del Centro de Estudios del Optimismo Dinámico junto con el Departamento de Capacitación en la Excelencia del Pescado Original, han puesto en circulación (para su distribución gratuita) el primer ejemplar de la serie llamada Historias de éxito del changarrerito felíz; historias reales de compatriotas que, luego de ser despedidos de sus empleos, no se apenaron y aprovecharon la nueva oportunidad que les brindó la vida, se empoderaron y utilizaron las nuevas herramientas que tenían a su alcance ( programa changarro, chambatel, ruraltel, programa oportunidades y paquetealcance), salieron adelante y, en algunos casos, conquistaron al mundo con su ingenio y arrojo. Esperemos que, si ustedes están en una situación similar, estos testimonios los llenen de ánimo y despierten su ingenio y su hambre de éxito.

Elotitos tiernos

Gutierritos tenía muchos, muchos años trabajando como intendente en una fábrica de resortes para calzones en Naucalpan, Estado de México. Cada mañana, salía de su humilde morada a las cinco para las cinco, y viajaba dos horas y media en microbús y metro para llegar a las instalaciones de la factoría que con los años se había convertido su segundo hogar; bueno, en su tercer hogar porque Gutierritos tenía dos casas, dos señoras y dos familias. El México que nuestro amigo quería ver era uno en el que su sueldo le alcanzara para mandar a sus hijos a la escuela, comer dos o tres veces al día, pagar el alquiler de los dos cuartos en los que alojaba a sus dos familias y comprar unas caguamas para poder disfrutar frente al televisor de color el cotejo dominical junto con su compadre Filemón; no pedía mucho, era un hombre sencillo y sin mayores aspiraciones. Sin embargo, el México que vio fue el que le puso enfrente el entorno internacional: la fábrica a la que había dedicado su vida y su talento cerró de la noche a la mañana sin previo aviso. Los dueños, incapaces de competir contra los resortes chinos para calzones que introducidos de manera ilegal inundaban al país, finalmente quebraron. A Guiterritos nadie le pidió la renuncia; lo echaron a la calle sin más, ni las gracias le dieron, pero él no se dio por vencido. “Esto sucede en las mejores familias- pensó. No debo de sentirme apenado cuando regrese al hogar, habiendo engrosado las filas del desempleo, aunque mis hijos y la sociedad en su conjunto crean que he caído en el fracaso y me señalen con el dedo”.
Gutierritos, como tantos otros hombres y mujeres de este país, decidió echar a andar su imaginación y puso manos a la obra. Tomó el teléfono (bueno, salió a la calle e hizo una llamada del teléfono público porque en su casa no tenía teléfono) y llamó a Changarrotel, en donde se enteró de que, uno, no era sujeto de crédito por no poder ofrecer ninguna garantía de pago, y dos, que aunque hubiera sido sujeto de crédito no hubiera podido pagar el 7% de interés mensual con que esa herramienta de financiamiento popular es puesta al alcance de las y los micro emprendedores. Sin achicarse ni apanicarse, decidió visitar al usurero de la colonia, quien no solo le prestó quinientos varos a la módica tasa de 4.5% mensual, sino que con su vasta experiencia lo asesoró para que hiciera rendir su inversión. Nuestro futuro microempresario se trasladó a la central de abasto, en donde adquirió diez huacales de elotes tiernos, un frasco grande de mayonesa y tres kilos de queso cotija, y de regreso en su colonia armó con los huacales de plástico ( hechos en Shangai, que vinieron a sustituir a los obsoletos huacales de madera hechos en nuestro país), cuatro ruedas con sus respectivos baleros y ejes que le quitó a la Avalancha de su hijo menor, y una sombrilla de desecho que se encontró en el tiradero que colindaba con su acogedora vivienda, armó un novedoso y llamativo carrito. Con el ingenio que caracteriza al mexicano, aprovechó el espacio de los huacales para acomodar un bote grande lleno de elotes, un pequeño anafre, la mayonesa y el queso, y salió de nuevo, inundado de espíritu emprendedor, dispuesto a comerse al mundo y agradeciendo a Dios esta nueva oportunidad.
Guiterritos, hoy, ya no es Gutierritos sino Don Guiterrez; en tan solo ocho meses su pequeño changarro se transformó en una reconocida franquicia, en un emporio multinacional de deliciosos elotes con mayonesa y esquites sazonados con el valor agregado del éxito; las corporaciones internacionales de comida se pelean para proveer a sus carritos de mayonesa y elotes transgénicos, y el público consumidor de Sonora a Yucatán, de Califorina a Nueva York y de Brasil hasta la Conchinchina hace colas de horas para degustar el “Elote con Mayonesa estilo Gutierritos” que ha puesto en alto el nombre de nuestra patria. Don Gutierrez le devolvió el empelo y la esperanza a todos sus compañeros que fueron despedidos de la fábrica junto con él. Miguelito Esparragoza, uno de los hermanos que fueran dueños de ese desventurado negocio y que hoy trabaja como intendente en uno de los edificios de Gutierritos International Corp. nos confía: “El patrón ya no sale a vender; nada más disfruta de su lana, viaja por el mundo con sus dos señoras y con su compadre Filemón, que es su socio minoritario y estudia nuevas posibilidades de inversión. Se rumora que pronto va a comprar al equipo Guadalajara, al Real Madrid y a los Nicks de Niu Yor”.
¿Qué México quieres ver?

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