La enchilada amurallada

 

Hace dos o tres sexenios, años más años menos, mi Veracruz era uno de los estados que menos gente exportaba al vecino país del norte. Por más pobre que fuera la gente, la abundancia de recursos naturales facilitaba la supervivencia, pues no había más que estirar la mano para hacerse de algo para mover el bigote y matar, o por lo menos entretener, el hambre. Recuerdo una visita al pueblo de Actopan, junto al río del mismo nombre, en donde los sembradíos de chayote se perdían en el horizonte, y a mi amigo Juan, de profesión multichambista, quien me contaba lo bien que le estaba yendo a su familia con la venta de chayotes para exportación. En poco tiempo, debido a la adecuada combinación de pésimos gobernadores, contaminación y depredación irracional de los recursos naturales, el cambio climático y sobre todo, la aplicación sin piedad de las nuevas reglas comerciales impuestas por el TLC y la globalización galopante, todo cambió. El café, que ya por entonces no valía nada, valió menos y la mayoría de las plantaciones fueron abandonadas por incosteables; además del café, los precios de los cítricos, de la piña y de otros productos también se fueron al suelo, y gracias a las políticas comerciales de nuestro socio y amigo del norte (y a las políticas comerciales del gobierno mexicano), la industria azucarera entró en la fase terminal de su eterna crisis. Poco a poco los habitantes de este rinconcito de patria fuimos testigos del éxodo masivo de cientos de miles de personas, especialmente  hombres jóvenes, que abandonaban sus pueblos y familias en busca de mejores oportunidades en la tierra prometida. Un modo de vida desapareció pero surgió otro nuevo; por la fuerza de la ley natural de la oferta y la demanda, muchos de los que antes se dedicaban a arrancar el sustento de la tierra, optaron por dedicarse a arrancar a sus paisanos del terruño y exportarlos al vecino país; la industria avícola, entre otras, dejó de ser competitiva, pero los pollos y los polleros florecieron.

Doña A., la señora que desde hace muchos años nos ayuda en las labores domésticas, es originaria de una pequeña población situada entre Xalapa y Huatusco (no puedo dar más indicios, pues temo que después de leer lo siguiente los lectores la abrumen con solicitudes) y ha sido una de mis principales informantes sobre el fenómeno migratorio en este lado de la república; sus hermanos, que vivían en y del campo, han ido y venido a los Estados Unidos cada vez que se les ha pegado la gana. Se van cuando necesitan, trabajan un rato y mandan dinero para construir una casita o abrir una miscelánea más en el pueblo; se regresan cuando les gana la nostalgia y se vuelven a ir cuando se aburren de no hacer nada (en el pueblo no hay literalmente nada que hacer). Hace unos tres años, la hija mayor de doña A. decidió probar fortuna y, asesorada por los tíos, contrató los servicios de un auténtico pollero plus: por dieciocho mil pesotes le ofrecieron una especie de VTP- VTI migratorio, con el cruce garantizado, trabajo del otro lado y hospedaje y alimentación cada vez que fueran capturados por la patrulla fronteriza y regresados a México. La aventura completa duró más o menos una semana, y por celular día a día nos iban poniendo al tanto de las peripecias del cruce; luego de varios intentos infructuosos, el pollero plus recurrió a un último recurso (esa parte de la historia permanece un tanto oscura): al parecer hizo uso de la sofisticada infraestructura construida en la frontera por nuestros emprendedores traficantes de estupefacientes y de compatriotas, y cruzó a sus polluelos por un estrecho túnel, al otro lado del cuál ya los esperaba el transporte que los conduciría a sus nuevos hogares. La muchacha permaneció por aquellas tierras un poco más de dos años, en donde fue alcanzada por su padre (esposo de doña A, y cuyos hermanos, todos, viven en EEUU desde hace un buen rato). Él también tuvo que emprender la ruta del norte por apuros económicos, y tampoco tuvo mayores problemas para cruzar la frontera. Actualmente reside en algún lugar del sur de los Estados Unidos, trabajando en una compañía editorial, y ya cuenta con sus papeles de residencia y seguro social falsos (cortesía de los profesionales de la Plaza de Santo Domingo, sucursal USA) y el apoyo de sus patrones que quieren que aprenda inglés para poder ascenderlo a un cargo de mayor responsabilidad. Obviamente, a doña A. ya le entró el gusanito de ir a visitar a su señor, y los preparativos de esta nueva aventura me han permitido enterarme de la existencia no solo de polleros plus, sino también de gestores plus, que garantizan al cliente, la obtención de la visa (auténtica, no pirata) de los Estados Unidos de América, a cambio de una cantidad bastante razonable. No dudo, entonces, que doña A. vaya a visitar a su marido, y que en unos pocos años la familia completa se haya trasladado sin mayores dificultades al país del norte, en donde permanecerán hasta que se aburran. Y no me queda duda de que, con muros o sin muros, con Guardia Nacional o sin guardia nacional y con rancheros racistas o sin ellos, cada año cientos de miles de compatriotas seguirán cruzando la frontera, ilegalmente, con todo éxito. Porque, como seguramente ya habrá dicho algún sabio oriental,  ingenio mata muros, y necesidad mata lo que sea.