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Remembranzas del Vale Bejarano
En estos tiempos en que el apellido Bejarano ha sido puesto por los suelos por el protagonista de los video escándalos, en desdoro no solo de sus hijas y familiares, sino de todos aquellos que lo portan sin deberla ni temerla, un servidor procurará aportar un granito de arena para que todos ellos puedan restaurar su honra, recordando a un muy apreciado versador sotaventito, el Vale Bejarano. Para ello, procedo a fusilarme íntegros algunos pasaje del libro escrito por Marcelino O. Ramos Hernández, y publicado por la Unidad Regional de Culturas Populares de Veracruz:
Algunos datos biográficos Fue uno de los cantores populares, quizás el más popular de los que hayan existido en nuestra región. Se conoció popularmente como “El Vale Bejarano”, más que por su nombre que fue Piedad Bejarano Sosa. Fue hijo de Don Piedad Bejarano y Doña Rosario Sosa, y nació en Alvarado, Veracruz, sin poder precisar la fecha (se calcula que en los años sesenta del siglo diecinueve)…
Mi signo en verso te digo, Con la mayor sencillez, Que en Alvarado he nacido, En Popuyeca me crié, Y ahora en Tlacotalpan vivo Para lo que mande usted.
Sus contemporáneos manifiestan que era siempre afable y dicharachero; que su plática reflejaba un optimismo contagioso; dicen que desde pequeño siempre tuvo a flor de labios el chiste de corte genial que casi siempre concluía resumiéndolo en una quintilla o sexteta bien aplicada:
Dichoso el que vive y puede Y su cuerpo satisface, Él, por nada se conmueve Y deja que el mundo pase, Pues no hace falta el que muere Ni está de más el que nace.
El Vale Bejarano, ya por sus continuas ocupaciones, o porque sus padres no le dieron tiempo para ello, no pudo asistir a ninguna escuela, por lo que no tuvo la oportunidad de aprender. Con todo, a pesar de esta carencia de preparación, aparte de improvisar con facilidad, el léxico que utilizaba manifestaba una preparación esmerada como al escucharle se comprobaba, cuando poseído de un visible sentimiento decía:
Mis versos no tienen tasa Ni tampoco entonación, Esto por pobre me pasa, Si tuviera ilustración, Sería un Antonio Plaza O un Salvador Díaz Mirón.
No soy poeta ilustrado Me falta confinatura, Una, o no he conocido Y para entrar en figura, Le hace falta a mi sentido Solamente la lectura.
En sus últimos años, dueño de una sensibilidad tan suya, cuando presintió que el fin de su vida se acercaba, sin dejar de manifestar ese humor y optimismo que nunca le abandonó, dejó sus últimos versos dedicados a la muerte:
La muerte me hace conquista De diferentes maneras, Yo no la pierdo de vista, Me dicen que es traicionera Y me trae en una lista Donde hay muchas claveras.
La muerte a fuerza me llama Y yo no la puedo ver; Va y se me arrima a la cama Y le dice a mi mujer Alístalo que mañana Temprano vengo por él.
Parte de su obra y anécdotas
Una de las anécdotas más conocidas del Vale, es la que tiene como protagonista a una jovencita vendedora de empanadas, quien al encontrarse al Vale le ofrece una a cambio de un verso. El Vale le respondió:
La precautoria experiencia Me hace no tomarte nada, Porque el que da, no lo piensa, Dirá la gente ilustrada, Que el Vale cambia su ciencia Hasta por una empanada.
Cierto día ya de noche, cuando los vaqueros se disponían a dormir, el Vale se puso a arreglar su pabellón para, como él decía, “medio pasar la noche” evitando el tormento de los piquetes de moscos y zancudos. El compañero de al lado, al verlo hacer tanto movimiento, le dijo: -Vale, ¿qué haces? ¡Ya deja dormir! Y como siempre, con ese humor que nunca le abandonaba, le contestó riendo:
Estoy haciendo un colchón Aunque sea de trapos viejos, A ver si este pabellón Que pongo queda parejo, Porque el zancudo es cabrón Y desvela al que es pendejo.
En un lugar de la región quisieron hacer más emotiva la celebración de la pasión de Cristo en la Pascua de Resurrección, y para el caso contrataron a un sujeto de regular estatura que tenía una fisonomía muy parecida al Rabí de Galilea. A las comisionadas les costó trabajo convencerlo, pues se dolía de la cruda que traía. Finalmente con algunos ofrecimientos lo convencieron; de inmediato lo arreglaron de tal forma que realmente parecía el Cristo bajado de la cruz. Tenía bien dibujadas las heridas; la corona en tal forma confeccionada, que las heridas producidas por las espinas parecían sangrar de verdad. Anticipadamente le dieron de comer, acompañada la comida por un buen tepache, con lo que apagó un tanto la cruda que traía. Se le dio tiempo suficiente para hacer sus necesidades y llegada la hora, se tendió en el supuesto sepulcro. Luego de disponer los últimos toques, concluida la liturgia, se inició la visita de los fieles, pasando uno por uno a besar los pies del señor. Durante más de dos horas, los fieles, con suma devoción, pasaban a besar los pies del crucificado. Y el amigo aquél empezó a sentirse incómodo. Y cuando por el momento no había fieles, cambiaba de postura para descansar. En uno de esos reposos el sujeto se quedó dormido. Fue entonces cuando una feligrés, al besar el pié, absorbió sin remedio el fétido olor que despedía, tan fuerte, que tuvo que cubrirse la nariz y soportar el asco que aquello le provocó. La cruda y el atracón que se dio el sujeto surtían sus efectos, llenando el ambiente de un hedor como de animal muerto. El vale Bejarano, que no se perdía fiesta de la región, se encontraba cerca de aquella escena y observador como pocos, se acercó tanto a los pies del amigo aquél, que también recibió su dosis de tan fétidos gases, lo que lo hizo pronunciar en alta voz la siguiente sexteta:
¡Ah! Que pestífero olor Sale del crucificado, No ha de ser de lo llagado, Ni tampoco del calor, Debe ser que se ha cagado El divino redentor.
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